viernes, 14 de diciembre de 2012

Capítulo 2: Fray Ilustrísimo

Bueno, dada la acogida del capítulo 1, continúo la saga. Aclaro que quiero hablar de ciencia o lo que se hacía en la Edad Media, pero en este capítulo tampoco lo he conseguido.
(Vía)


¿Quién es el primero que empieza un rumor? ¿Cómo se extiende lo que nunca se reveló? Era una pregunta que perseguía a Alberto. En la ciudad de Colonia todo el mundo sabía que era un noble huido y que había conseguido revolucionar media Europa, ¡y eso que su identidad había permanecido oculta por decisión del superior del convento! Cuando iba cada mañana a buscar agua al pozo de la plaza cercana, le seguían los hijos de los lugareños gritándole: ¡Fray Ilustrísimo, danos tu bendición! Alberto sentía hervir su sangre. Imágenes de venganza sangrienta cruzaban por sus ojos en cuestión de segundos. Se iba a desgastar los dientes de tanto apretarlos.

(Vía)
El convento de Colonia era más frío y austero que el de Padua. El clima norteño se hacía sentir, mientras el viento ululaba tanto por el refectorio como en la capilla. Los monjes caminaban embozados en el hábito dominico. Había bastantes jóvenes que recibían instrucción y que acudían al renombrado Studium Generale de Colonia para completar su formación. La mayoría eran de baja alcurnia.

Alberto sabía que su familia había desistido de buscarle. El obispo de Augsburgo había visitado a los condes de Bölstadt para tratar de la vida del joven Alberto, y su padre finalmente había dado la venia para hacer lo que le pluguiera. Sin embargo, el Maestro de la Orden prefería dejar pasar un poco más de tiempo. Alberto tenía sentimientos encontrados al respecto: por un lado, había sido educado en el valor del honor y la fama del nombre y la familia, y entendía con clarividencia los descalabros causados en el hogar paterno. Por otro lado, su nueva vida no le satisfacía y constantes dudas le asaeteaban por motivo de su retardo en los estudios colectivos y su escasa comprensión de la temática teológica. Alberto rezaba fervorosamente ante el Santísimo, dejando a veces que las lágrimas arrasaran su rostro cuando recordaba sus frecuentes fallos en los estudios.

Pero por más voluntad que ponía, no conseguía que se desarrollara su intelecto. Por más que se esforzara en comprender y asimilar los conocimientos, todo redundaba en que se sintiera un fracasado. Alberto adelgazó bastante en aquellos meses y perdió su sonrisa y el buen humor.

Él, futuro conde de Böllstadt, acostumbrado a una vida luenga y amigable, rodeado de personas que lo idolatraban, se veía en el convento no ya como uno más sino como uno menos. Ahora no había ni un solo campo en el que destacara, cuando antes había sido un joven notablemente instruido, ingenioso y alegre que tenía por delante un futuro envidiable. Ese invierno le salieron sabañones en las manos, que ya tenía destrozadas de cargar cubos de agua. Él no era capaz de disimular la repugnancia que le producía lavar la ropa de otros, cavar en el huerto adosado al convento, y demás menesteres.

Hasta que un día, presa del cansancio y de la tensión, escuchó como varios de sus compañeros se reían a escondidas de su torpeza llamándole Fray Ilustrísimo. Entró como una fiera entre ellos repartiendo puñetazos y rompió todo lo que quedaba a su alcance. Nadie pudo pararle, fue él mismo el que se detuvo cuando se le pasó el ataque de rabia, y huyó avergonzado pero no arrepentido. 

Esa noche, preparó sus escasos enseres para fugarse del convento. Lo único que tenía en la cabeza era escapar, volver a ver la tierra con las personas amadas.

Y sin embargo, al día siguiente se presentó al superior temblando para pedir disculpas y que le readmitieran en la Orden de nuevo. El superior trataba de razonar con Alberto diciéndole que si nunca se había ido, ¿por qué había que readmitirle? Alberto no le escuchaba. El superior se dio cuenta de que tenía fiebre y lo mandó a la enfermería.

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